Por algo nos hemos encontrado

“Por algo nos hemos encontrado”

El otro día tomé un taxi para ir de Miraflores a San Borja. Tenía que entregar un documento urgentemente, me esperaban para recibirlo. Paré un taxi, me cobraría 7 soles, miré la placa, la cara del chofer (era suficientemente tío), identificaciones, etc; demoraría máximo unos 10 min.

La cuestión para llegar era doblar a la izquierda. Me distraje con el celular y el taxista dobló a la derecha: estábamos en la Costa Verde rumbo a San Miguel. Me asusté, le increpé, me emputé. El taxista me dijo que subiría hacía Miraflores nuevamente en la “próxima salida”; dudé: ¿no sabía o se hacía el cojudo? Toda esa vía está cerrada hasta Magdalena. De pronto mi idea de llegar en 10 minutos instantáneamente se transformó en una hora, mínimo. Se avecinaba un pequeño caos en el trabajo. De fondo irónicamente sonaba “Murió la flor”.

Asustada y pensando cómo haría para bajarme de ese taxi en movimiento si es que era un secuestro al paso. Mientras me imaginaba rodando por la pista, llamé por teléfono en voz alta para hacer saber la placa y lo que había pasado. El taxista, pidiéndome disculpas, me dijo que me haría llegar a mi destino por el mismo precio. Más tranquila, me acomodé en el asiento y miré el mar ¿qué me quedaba?. El taxi se detuvo: había llegado al meollo del tráfico.

“¿Usted tiene hijos?” Me preguntó el taxista. “No” dije, seca (¿encima que me cancela quiere hablar?), empecé a desenredar mis audífonos. “¿Yo tengo tres?”, me dijo. El taxista habrá notado mi molestia, porque dijo: “Lo siento señorita, estoy distraído, sé que debí doblar a la izquierda, pero no lo sé, doblé a la derecha”.

Suspiro, estaba tenso, frustrado. ¿Qué pasó?, le dije y supongo que él quería que haga esa pregunta. Él me contó que estaba yendo al colegio de su hija, había una denuncia de que un profesor le había hecho “Tocamientos indebidos”. De pronto mi drama personal, era una cojudez, comparado con el drama real que ese hombre estaba afrontando y más aún, el de una chica de catorce años en algún lugar de la ciudad, a la misma hora.

Me contó que 30 minutos antes de que yo tomara la carrera, su ex esposa le había llamado para contarle. Él tenía que ir al colegio, estaban en una confrotación. “Soy ex militar, estoy totalmente fuera de mí”, me dijo. “Mi hijita, cuando yo vea a ese tipo, cuando yo vea a ese tipo…”, repetía y se agarraba del timón.

“No, nos vas a hacer nada”, le dije. “Tengo un arma en la guantera”, me dijo. “No, no vas a hacer nada, vas a escuchar a tu hija, le vas a decir que no fue su culpa,que ella es una victima, que es inocente, que su espíritu es puro”, le dije. “Luché contra el terrorismo”, me dijo. “¿Tu sabes lo que fue el terrorismo?”, “Yo era militar y sé que los militares mataron más que los terrucos, la gente de las comunidades se defendía, porque habían imbéciles que abusaban”. “Este no es el caso, este tipo solo es un imbécil incosciente, que incapaz de relacionarse con alguien de su edad, usa su poder para seducir a quien si se siente capaz de conquistar. Deja que la justicia que tarda, pero llega, le alcance. Ese es tu rol, poner límites, defender, marcar tu autoridad, proteger”.

Pensé en bajarme del carro, pensé en que había un titular amarillo en potencia, pensé ¿qué hago yo acá?, pensé: cualquiera se puede convertir en una bestia si le tocan los botones adecuados. Decidí seguir conversando.

Había tanta sabiduría como ira en ese hombre. Le conté historias análogas, le planteé un escenario en el que él tomaba la justicia por sus manos, le hablé de la cárcel no como un recinto solamente sino como una cárcel mental en la que se metería, las consecuencias, la verguenza, el trauma; le conté qué espera una hija de un padre, le escuché, me escuchó; le conté de mis frustraciones, me contó de otras tantas suyas, de cuando era militar, de lo que había vistó, de lo que es ser taxista y trabajar por las noches, de lo que es el amor para él; me aconsejó, le aconsejé. Diría que fue la conversación más real que he tenido en mucho, mucho tiempo.

Una hora se hizo un instante. Llegué a mi destino, le pagué lo acordado. Cuando me bajaba, él, calmado; yo calmada, me dijo: “Adiós, señorita, por algo nos hemos encontrado”.

Al día siguiente busqué en las noticias algún titular amarillista, nada le aludía. Sí, señor, por algo nos habíamos encontrado.

 

Publicado el 02 de noviembre del 2014: https://www.facebook.com/Auria.Paz/posts/10152541007059751

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