“Un amor conocerte, placer de mi vida”

Un miércoles del año pasado caminaba por la Residencial San Felipe, cuando escuchando música llegué al evento de la plaza central: era un tonazo con adultos mayores bailando; sonaban boleros (“sabor a mí”), valses (con Los embajadores criollos, recordándonos que “tan solo se odia lo querido”), reggaetón (la gasolina del Daddy Yankee), merengue (La Olga Tañón cantando que “es mentiroso ese hombre, es mentiroso”), salsa (Héctor Lavoe, ¡Buena Vista Social Club!). Los señores eran de nuevo los gallitos galanes del colegio y las señoras estaban arregladísimas como la más perica de tus amigas antes de un quino.

¿Se imaginan cuántas historias de película han vivido esas personas con esas canciones de fondo? ¿Se imaginan cuánto tiempo dejaron de bailar y coquetear con el cuerpo porque surgían los hijos, las canas?

El otro día compartía una mesa con gente chévere y hablábamos de los viejitos que bailan los sábados por la tarde en el parque Kennedy; una amiga comento que eso era un espacio de gileo intenso, de coqueteo y hasta de “tire casual” entre ellos. Ella lo comentó con cierto corte de moralidad, y yo me reí y me alegré un montón de enterarme de ese detalle. Me alegré un montón por la posibilidad del placer de sus cuerpos y almas sin edad.

Dejo acá un vídeo de algún genio que fusionó una canción genial con escenas de bailes de adultos mayores, en camara lenta, como para sentirlo mejor.

 

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