Reconociendo Iquitos

Llego a Iquitos, está radiante y húmeda, femenina selva. He averiguado:  desde el aeropuerto hasta el centro una Mototaxi te cobra entre S/. 7.00 y  S/.10.00 (U$D 2 y US$4). Al ver que no soy de la ciudad intentan cobrarme más. El consejoCheap: caminar hasta las afueras del aeropuerto y tomar la mototaxi ahí. Lo gracioso: no puedo cargar mi mochila, tiene 23 kilos y literalmente me aplasta. En el aeropuerto unos turistas adultos mayores me ayudan a cargar mi casa a las espaldas porque por unos cinco minutos yo he estado tratando y pues no, es como un gran costal de papas que no consigo levantar.

Mototaxi

Entonces tomo una mototaxi que me cobra S/.8 (U$D 3) hasta el centro de la ciudad. Gracias a amigos y contactos de la Red LGTB he podido contactarme con Clauco, él es activista LGTB en Iquitos y me ha ayudado a encontrar un hotel barato, céntrico y decente por S/. 35 (U$D 12) la noche. Preveo pasar la noche del veinticindo de mayo ahí mientras averiguo cómo es eso de los barcos que van para el río Amazonas.

Mientras viajo en la mototaxi pienso que es el domingo previo al cumpleaños de mi hermano en Lima, seguramente en mi casa harán alguna comida grandiosa. Mi hermano acaba de tener un hijo al que esperé ver nacer para emprender el viaje. David, es su nombre  (“David, en tus ojos el gigante se sigue derrumbando”). En eso estoy cuando el mototaxista me hace el habla y me pregunta si he venido antes a Iquitos, si he comido cecina o tacacho, si me gusta bailar cumbia.

Le contesto amena, total es el primer contacto con el presente que tengo. Me dice que si quiero él puede enseñarme la ciudad. No estoy en el modo de salir aún, mi pesada mochila que se contonea a mi lado me indica que tengo que sacar algunas cosas. El mototaxista me pregunta por mi nombre, hago el juego mental de darle otro nombre como mío. Me gusta jugar con el poder de los nombres: imaginar lo diferente que podría ser si tan solo me llamara “Cecilia”, “María”, “Marta”, etc; en lugar de “Auria”. Por una cuestión de sorpresa, quizás rima, le digo el primer nombre que se me viene a la mente: Claudia.

El mototaxista me deja su número anotado en un papel y se va guiñandome un ojo, “Chau Claudia”. Yo he llegado al lugar: el “HOTEL PLANETA”, cito en la calle Ricardo Palma 545,  entre las calles “More” y “Tacna”, por si quieren ir. Arrastró mi mochila hasta la habitación 201: toda blanca, ventana a la calle con TV y ventilador. Entro a internet y veo que mi mochila tiene cinco kilos de más de acuerdo a mi peso y capacidad de carga. Tengo que dejar cosas que quiero atrás, otra vez.

Amistades

Luego de reconocer el espacio empiezo a desmantelar tanto mi mochila como mis expectativas: adiós sandalias de “aventura” de más de un kilo de peso, adiós pantalón para eventos de lujo, adiós casaca de “M-A-R-C-A” que abriga demasiado; son cosas inútiles para el lugar a donde voy (¿a dónde voy?). En eso me llama Clauco, mi amigo anfitrión, me invita a ir a almorzar y luego a una “Pollada”.

Acepté ir y quince minutos después estaba con Clauco y Mario, su amigo universitario y activista, en un restaurante de comida de la selva. Estos restaurantes son parrillas en las calles, hay uno cada tres cuadras y suelen tener: juanes*, pescado asado en hoja de bananera, cecina**, jugo de cocona; comida cotidiana de por ahí.

 

 

Mario: ojos, sonrisa y tatuajes

¿Vamos a una pollada?

Clauco me presenta a su amigo Marcos, amigos de activismos. Marcos es estudiante de ingeniería agroindustrial.

Luego de almorzar, Clauco contrató una mototaxi y dimos algunas vueltas en la ciudad. Él me indicaba qué lugares eras los más frecuentados por la gente LGTB. Luego paramos en dónde la música suena más fuerte. Había una extraña mezcla de personas en diferentes etapas, de diferentes razas, de varios modos de diversión: niños jugando, adultos bebiendo y drogándose, cumbia, merengue, perros, gatos, heterosexuales, homosexuales, asuntos familiares, gente que mezclaba el español con el portugués; carnes rojas, carnes blancas, carnes, carnes, carnes.

Clauco es activista por los derechos de las peronas LGTB en Iquitos y la red de la amazonía (incluya Perú, Colombia y Brasil) por lo que me cuenta los pueblos de la amazonía a veces están tan lejos de sus respectivos gobiernos que prefieren agruparse y procurar avances para la zona selvática. Altamente sociable y directo. En la pollada le llaman de aquí y allá. Nos quedamos en el grupo de chicos gays y trans más sonoro del lugar. La energía picaresca de sus desplantes mutuos es honesta y refrescante. Se mujerean y se tratan de “maricón”.

Enta a escena la mujer trans más femeninamente inteligente de la tarde, linda. Producida desde las uñas hasta las pestañas. Le pregunto si puedo tomarle una foto, que saldría en algo llamado blog y ella, coqueta, dijo que sí para la eternidad.

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