La “a”, la “o” y mi abuelita analfabeta

Conocí a Manuela, mi abuela paterna, cuando tenía seis años. Llegar a su casita en las faltas de una montaña de Cajamarca nos tomó a mi papá y a mí dos días, tres ríos crecidos y cinco horas de caminata entre desiertos y selva alta.

Yo vivía en Chachapoyas, Amazonas. Solía insistir con conocer a la misteriosa viejita, lo solicitaba con capricho sin mayor repercusión, hasta que una tarde mi papá llegó y dijo: “vamos a conocer a tu abuela, hijita; anda acomoda tus cosas”. Entonces, muy feliz y muy madura como era, puse el buzo más cómodo que tenía: uno gris con bordes naranjas que Fujimori había regalado en todos los colegios nacionales; mis zapatos preferidos: los bata de ir a la escuela, que tenían huellitas en la suela, como de perrito, ardilla, conejo. Y estaba lista. Cosas que hubiesen sido de mucha utilidad como casaca, botas o linterna partieron no partieron con nosotros.

Llegamos a Chiclayo desde Chachapoyas y como no había bus (ese día) nos tuvimos que subir a un camión de carga. Nos sentamos en la parte de arriba, sobre tablas. El camión llevaba arroz, legumbres y un toro. Fue hermoso.

Nos agachábamos con cada rama de árbol, nos colgábamos al costado para alcanzar algunas ciruelas rojas. El carro se malograba y podíamos parar a comer bizcochos, pacaés, agua de cebada. En el camino había un pueblo llamado “pan de azúcar”.

El camión llegó hasta un punto. Un río crecido había obstaculizado la carretera. Tuvimos que caminar en la trocha. Mis zapatos empezaban a romperse. Todo estaba mojado. Nos vino a rescatar otro camión: el de la basura de la provincia de “La Florida”. Que alegría ver que nos llevaría a todos los viajantes. La mayoría sacó un plástico, pero mi papá y yo no teníamos, así que todas las goteras caían en nosotros. Yo estaba feliz de sentir el agua y no tener frío ni tener que usar casaca.

Llegamos a un pueblito y fuimos a comer en una señora, había estofado de gallina de corral, caldo de gallina, cuy chactado; lo cotidiano. Todavía teníamos que caminar. Mi viejo se cayó en el barro, yo caí en el barro, los otros caminantes, también caían. Nos matábamos de risa. Mi zapato finalmente se destapó (siempre que se me rompe un zapato, recuerdo eso).

Tras caminar entre plantas de café, se hacía de noche, ya no veíamos a dónde íbamos. Mi viejo dijo que “más o menos” se acordaba, que debíamos seguir no más. Los sonidos eran de grillos, aire en las hojas, hasta que ladraron los perros. Era la casita, esa casita.

Entramos, Manuela salió asustada. “¡HIJO!”, dijo. Empezó a llorar de alegría. Mi papá había sido un distraído que resultaba ingrato.

Manuela: – “Pensé que te había pasado algo, que quizás te habías muerto… tantos años sin saber de ti y … ¿Esta chinita? (lo decía por mí)

Rodolfo: “Mamita, tú sabes, la vida que no alcanza para todo, pero ¡ya estamos acá!” (también lloraba) … “Ah, esta chinita, la acabo de encontrar en el camino”

Manuela: “Ay, qué bonita. Déjala acá, yo la crío”

Auria: ¡PAPÁ, DILE QUE SOY TU HIJA!” (risas)

Después del encuentro, pusimos nuestro único cambio de ropa a secar sobre la cocina de leña. Mi abuela nos invitó café y dijo que para el día siguiente si tendría carne porque mataría una gallinita.

Los días siguientes fui su sombra. La acompañé a traer agua, lavar los platos, traer la hierba de los cuyes, hacer la “shurumba” (especie de tacacho, pero con platano cocinado no frito), a atrapar a la dichosa gallina, a sostenerle las alas para que la maten (mi abuela, en su ignorancia, fue la primera persona vegana que he conocido, me dijo que no podía comerse a sus animales porque los quería, que la leche le caía mal y que los huevos no le gustaban; prefería el frijol, el maíz, el plátano). A cierta hora, como no había luz, quedaba contar historias y ella se sabía muchas, basadas en lo único que de verdad tenía: su experiencia de vida.

Manuela me contó su niñez, cómo su madre, alguna mujer pobre que tuvo muchos hijos, la había regalado a unos tíos. Al parecer a mi bisabuela, ellos le daban habían prometido darle un buen futuro; pero al llegar a su casa, darle de comer las sobras los autorizaba para esclavizarla. Hasta los perros comían mejor. Ella y los otros huérfanos no podían entrar a la cocina, no podían mirar mientras los otros comían. Los hijos legítimos si iban a la escuela, los ilegítimos no. Menos las mujeres. Pero ella miraba sus cuadernos, cuando podía y una vez una amiguita suya que si iba a la escuela le había enseñado como era la “a y la o”.

“la a es como lo o, pero tiene un rabito”, me dijo y dibujaba en la mesa, un movimiento, algo así como escribir. Yo tenía seis años, en primer grado y ya tenía más posibilidades para ser libre que ella, con quizás setenta años encima.

Por no saber leer ni escribir, no pudo escapar. El machismo la encerró en labores domésticas. El machismo la violentó. La hizo doblarse y hacerse chiquita. El machismo usó su cuerpo para satisfacerse. Mi papá tuvo que huir de ese machismo también, del machismo del abandono de un padre, del machismo de los golpes de un padrastro: ni bien terminaba la primaria, se fue ( y si algo hay que agradecerle a mi viejo es que se fuera y aprendiera a ser técnico electricista, de autodidacta). Mi papá tuvo que huir del machismo que vivía en sí mismo para dejar de ser cruel. Conmigo, él se permitió ser todo lo cariñoso que no había sido con sus otros hijos. Enmendó sus errores cuando cambió.

Un día, yo le pregunté:

– “¿Papá, por qué a mí no me pegaste como a ellos?” (Y eso que sinceramente, muchas veces pensé que lo “merecía” con la normalidad que me rodeaba, como cuando quemé el televisor nuevo o cuando le contestaba, desafiante y rebelde).

– “Un poco antes de que tú nacieras, (Mario) Vargas Llosa estaba en campaña política, sus discursos eran brillantes. Empecé a leerle. Descubrí que había sido una bestia”

LEER, LEER, LEER.

Dice mi mamá y familiares, que yo los tenía a todos cojudos cuando era pequeña. No había nada que me interesará más que leer. Aprendí sola, a los 4 años, salí a la calle y mire sorprendida: “bo-de-ga”. “bo-ti-ca”, “ju-gos”.

Escribir esto hoy es un homenaje a esa abuela que tanto ansió leer, escribir y no pudo; a mi padre, que se liberó al liberarme.

Gracias, continuaré leyendo y escribiendo, todo lo que viva y pueda servir para que seamos un poco más libres, para que comprendan que siento mucho su dolor y su alegría, pero que lo más importante es que crezca en nosotros la esperanza: con el tiempo llega la justicia, se alegra el alma.

Abuelita

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