En la habitación de mi cabeza – junio del 2014

Escucho una pelea en la otra habitación, es como si miles de obreros de construcción civil usaran taladros para romper muros y a la vez discutieran, gruñeran y pelearán con voces rechinantes de mujeres locas: construyen rompiéndome los tímpanos y el temple. Gritan. Me sorprende que hagan tanto ruido, sé que están en una habitación realmente muy pequeña. Soy indiferente, continuo con mis cosas, trato de ignorarlos porque los veo inferiores y los desprecio. Siento que lo que hago es más importante que cualquier cosa. Pero el ruido aumenta y finalmente llega a desesperarme. Malditos salvajes. Quiero ir a decirles que se callen, pero no me atrevo. Aunque digo que los desprecio en realidad les temo. La ira aumenta y finalmente silencia mi condenada buena educación. La ira me invade: aunque me mataran decido mandarlos finalmente a la mierda. Me están volviendo loca. Llego a conocer el odio. Exploto como una granada. Llena de energía empujo la puerta de la habitación con una fuerza que no me conocía. Miro adentro con los ojos asesinos: en ella no hay nadie. Me sorprende darme cuenta que la habitación está en mi cabeza. Cuando miro hacía adentro veo que las maravillas que tenía como certezas del ser/saber están rodeadas de imperfecciones que van desde resquebrajos, enormes hoyos vacíos y porquería, muchos tipos de porquerías. Siento asco, vértigo, miedo, pánico, desesperación. Odio lo que veo. Pienso que lo que estaba ahí ha huido, cobarde. Lo persigo como con una ametralladora. La habitación está desolada. Conjeturo a dónde habrán huido. Hasta el final trato de echarle la culpa a algo o alguien más. Mientras busco pierdo mis antiguas certezas de fortalezas. Es culpa del resto, me digo: Detesto al mundo, está podrido, no hay belleza.

Luego, poco a poco me doy cuenta que todo lo que veo es mío y siempre estuvo ahí: odiaba en los demás lo que estaba en mí. Me siento absurda. Me avergüenza mi prepotencia y mis aires de superioridad. Me rindo ante lo evidente. La inteligencia huye como un perro y quisiera suicidarse. Sin fuerzas, acepto ver lo que destruí en mi supuesto camino de grandeza. Humilde y derrotada me dejo llevar. Llega el consuelo de dejar de desear que los ruidos cesen para entrar en la curiosidad de escuchar qué dicen y tratar de entender su idioma confuso. Cuando les pongo atención, uno a uno se sienten comprendidos y finalmente me entiendo, me llena el alivio: sé qué hacer.

Siento la felicidad de darme cuenta que yo tenías todas las respuestas y empiezo poco a poco a perdonarme por no haberme hecho caso antes. Me llena una fuerza extraña y sin nombre.

 

 

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